Así comenzó todo
No me conoces. Tal vez jamás logres comprenderme. O quizás ni siquiera yo puedo entenderme. Me llaman morboso, loco, inhumano, chacal, pero nadie me conoce, en realidad, no tienen objeciones para juzgar. Esto es lo que soy y ya no cambiaré.
Alguna vez fui humano. Fui traído al mundo por una mujer débil, de ojos llorosos y lágrimas impuras, y por un padre de sotana falsa y mirada perdida. No conozco el significado de la palabra “amigo”. No conocía el significado de la palabra “amor”.
La vida era complicada. Las familias de mis padres siempre peleaban. Las sombras se interponían entre ellos, creándoles la ilusión de odio y venganza.
Mi inocencia fue corrompida al llegar a los tres años de vida. Desgarró lo único que me ataba a la pureza de la Virgen María. Me violaron.
Soy mujer. O eso lo era antes. Por ese portal que mi padre abrió dentro de mí, por ese hoyo insano, entraron las tinieblas en mí.
Jamás supe comportarme ante los demás. Intento sonreír, demostrar que soy como el resto, pero me es imposible. Pienso distinto, de una manera que nadie entiende. Si me llaman loca, están en lo correcto. No sé de qué hablar, soy intolerante al aburrimiento, me quedo callada, casi como una tonta. ¿Seré alguien superior o simplemente desvarío?
Desde mis pocos años de vida “ellos” me persiguen, sombras negras sin rostro, garras camufladas en la oscuridad. La única persona que me creía era mi abuela, quien me guiaba y protegía. Jamás sentí tanta seguridad con otra persona. Apenas me abrazaba, esas alimañas huían despavoridas.
Me enseñó a orar, a creer en ese ser llamado Dios, en su infinita paz y amor. Me entregué a él, y vi resultados… pero de a poco, todo se fue derrumbando. Mi abuela empeoró. Mi familia peleaba por el dinero, por cada mínima cosa se golpeaban, se insultaban. Y así, mi fe decayó. ¿Si Dios era tan poderoso, por qué eso sucedía?
Pero la vida me ha enseñado que la felicidad, dura poco. Mi abuela comenzó a comportarse distinto, ya no era dulce, desconfiaba de todos. Había perdido lo que me hacía amarla. Y cuando el amor acaba, todo termina. Al perder eso que tanto quería, al habérmelo arrebatado, me sentí por primera vez sola. Desde pequeña soy tremendamente sensible, ante todo. En una ocasión derramé mares de lágrimas por el hecho de que los leopardos podrían extinguirse. Tonterías, claro.
Entonces, él apareció. Se subió a mi cama mientras dormía. Sentí sus patas al apoyarlas en mi almohada. Los gemidos bajos, la respiración agitada. El terror me impedía abrir los ojos. Los días siguientes no apareció. Fue extraño, sentía como si ese ser también me hubiera abandonado. Entonces, lo llamé.
— ¿Me buscabas, pequeña?—su voz era baja y carrasposa, como un gruñido ahogado.
Se aceró. El pelaje azabache le brillaba en la oscuridad de la habitación. Lo contemplé. El horror y el asombro me invadían. Era terrorífico, pero hermoso.
— ¿Quién eres?
—Me llamo Gabriel. Tú eres mi dueña.
Sucedió en un segundo. Fue como si de repente me transportara por un túnel. Caí de bruces en una sala de partos. El lobo me lamió la mano y señaló con el hocico a un lado. Mi madre se hallaba sobre una camilla, en la sala de partos. Lívida, los ojos desvaídos, sosteniendo la mano de la enfermera con desesperación. Soltó un grito y pujó… una criatura menuda y delgada salió de entre sus piernas… un bicho.
El doctor lo tomó entre las manos: la criatura no respiraba.
—Tú no deberías haber nacido—me susurró el canino al oído.
Las enfermeras lo contemplaron con compunción. La pequeña criatura se moría. Lo palmearon una y otra vez… pero nada. Ya dándose por vencido, le dio una última bofetada… una sombra negra emergió de la panza de mi madre y, cual saeta, ingresó por la boca del bebé. Este soltó un gemido bajo… y comenzó a respirar.
—Ahí naciste tú, Daimon, máxima reina de los Daimonions. Así nos bautizaron los griegos. En tus manos están las puertas del Verdadero Dios, nuestro Príncipe de las Tinieblas… pero, para convertirlo en Rey… te necesitamos.
— ¿Qué quieren de mi?
—Tus manos—una sonrisa morbosa se formó en su hocico… todo se esfumó, y desperté a la realidad.
Cuando tenía once años, mi abuelo me compró un libro, mi primer libro. Lo observé con desdén. No me agradaba leer. Pero, luego de pasar una temporada encerrada en mi casa, en esas tortuosas cuatro paredes, con un dolor incesante en el corazón, al haberme transformado en la niña lágrimas de hiel… empecé a leer para evadir ese sufrimiento.
Fue mágico. Cada letra, cada acción, cada descripción… ahondé nuevos escritores, nuevas historias. Mi lazarillo de cuatro patas me lamía las rodillas y me llevaba a otros mundos.
—Daimon, ¿por qué no haces tus propias historias? Yo podría ser tu personaje.
—Pues…—dubitativa, fruncí el ceño—Tal vez.
Una tarde lluviosa, tomé el lápiz, un cuaderno… y comencé. Fue fantástico. Yo era la dueña de esa obra, yo era la madre de ese personaje, la reina de ese mundo. Esa sensación de poder me inflaba el alma, me paralizaba los sentidos.
Poder…
—Te tengo un personaje, justo para ti, Gabriel.
El lobo dilató los ojos, sus grandes ojos rojos, con ambición.
—Serás un ángel caído, ¿qué dices?
—Pero, ama… soy un demonio.
—Sí, pues no eres malo—esbocé una sonrisa—. Eres mi amigo.
Se acercó y acurrucándose en mi regazo, ronroneó. Era una mezcla de todos los animales. Jamás vi tal criatura. Me maravillaba a cada segundo.
—Ama, tú no eres cruel, como Él. Tú deberías ser la Reina del Inframundo.
— ¿Quién es Él, Gabriel?
Me miró. En esa mirada, por primera vez, vi dolor
— ¿Quién sería capaz de hacer sufrir, mi amigo?
—El sufrimiento es divino, cuando mi amo me lo genera. Tú, mi Orquídea negra, esbelta y extraña, que nace del pantano… tú, eres mi cura. Por eso, escribe.
—Yo también he sufrido…
—Pero gracias a ese sufrimiento, yo entré en tu vida. Si no te hubiera violado tu padre, si no hubieras nacido con un problema cardíaco, el Mal jamás habría entrado, y tampoco yo. Tú no debías nacer ante los ojos de Dios, debías morir, era el Karma de tu madre… pero ella deseaba tanto una hija que… Lucifer decidió enviarte a la tierra. Tú eras como el Jesús para Dios, pero con un propósito mas firme. Eres mi mesías, reina. Y cuando hagas lo que te pedimos, todos los que te han hecho daño, morirán lentamente, con el mayor dolor. Se retorcerán frente a ti, rogando piedad.
Un arrobo morboso me recorrió el cuerpo. Sonreí.
— ¿Podría ser yo quien los mate de a poco?
—Claro que si, mi ama. Mi orquídea.
Fui perfeccionándome en la escritura. Me cultivé. Ya no era una niñita tomando un lápiz. Era una futura escritora volcando ideas. “Si el mundo supiera como escribo, sería la persona mas joven en escribir en todo el mundo” Sonreía en mi interior, embriagada de placer, son ese pensamiento de superioridad estúpida.
Luego descubrí que había otros escritores jóvenes, todos unos parlanchines… hasta que él apareció. Su argumento, sus personajes… eran fantásticos. Una oleada de envidia y adoración me invadió. Comencé a hablarle. Su nombre era Luciano. Hablamos casi toda la noche. Mediante internet.
Cuando amaneció, decidimos que era suficiente. Nos despedimos. Me fui a dormir, a internarme en las sombras…
— ¿Quién es ese chico?
El lobo me miraba enfadado, con el rabo crespo. Le sonreí.
—Luciano… es otro joven cualquiera. ¿No me digas que estás celoso, Ga…?
—Soy Damián, nenita tonta. Y más te vale no meter la pata.
Me crucé de brazos, y levanté una ceja.
—Perdona, pero se supone que soy tu reina.
—Estás a mi altura, sólo eso, no voy a lamerte los pies.
Otro lobo emergió a mi lado. Me acarició la mano.
—Mi hermano es un poco agresivo, no le hagas caso, Daimon. Cuéntame de ese chico, ¿te agrada?
—Pues—miré a Damián con recelo, pero aún así no pude evitar sonreír—… Es dulce.
—No, lo veo en tu alma… lo amas. Mañana en la noche, díselo. Dile que tu alma brilla.
Apuntó a mi pecho y con regocijo, me percaté de que una inmensa luz blanca me invadía. Reí de pura alegría.
Pero, cuando desperté, me di cuenta de la realidad: dos lobos me habían dicho que estaba enamorada… bueno, mejor dicho uno de ellos, el otro me miraba con odio. Iba a ir y decirle a Luciano “Oye, eres lindo, y mi perrito me dijo que te amo, así que… ¿somos novios?” No guardaba sentido ni para mí.
No me conecté esa noche. En la mañana, entré a la página web, con una curiosidad insoportable. Él me había mandado un mensaje:
“Ayer te estuve esperándote todo la noche y la mañana para hablar contigo. ¿Te olvidaste de mí, o qué, angelito hermoso?”
El corazón se me hinchó de puro… ¿Amor? ¿Qué era eso que me hacía temblar? ¿Qué me detenía el pulso, que me hacía sólo pensar en él?
Me conecté. Empezamos a hablar, a sincerarnos… y se lo dije: “Me estoy enamorando” Estaba segura de su respuesta: “No podemos, tú tienes apenas 14 y yo 18” pero no fue así…
Al cerrar los ojos, veo tu alma incandescente sobre mis párpados.
La luz sale a flote de tus contornos.
Eres el agua que enternece las flores,
Me haces brillar el espíritu hasta los ojos.
Eres la alegría de mis sueños,
La princesa de mis dulces recuerdos,
Que me envuelves con tu maravilloso corazón,
La que nunca dejaría escapar por ninguna razón.
Al día le das ese tan magnífico toque de calor,
Los colores del mundo es lo que llevas en la sonrisa,
Florecen las plantas y arbustos de la noche.
Sin ti, sería un desamparado de amor.
Nunca me sentí así. Ni siquiera escribir me daba tanto placer. Me dediqué sólo a él, a ser perfecta para él, a amarlo y darle todo de mi, hasta el mínimo suspiro de mi corazón. Fui a su casa y él a la mía. Su familia fueron los amigos que nunca tuve. Su padre, mi padre, su madre, mi madre. Él, todo, mi hermano, mi compañero, mi amante.
Hasta que la realidad, nos superó. Él es un fiel siervo de Dios, de quien debería ser mi enemigo… le comenté esto a Gabriel, quien bajó la cabeza.
—Lo sé, y tú debes cambiarle ese pensamiento. Por eso el destino te puso en su camino. Demuéstrale que el verdadero amo, es Lucifer.
—Pero… su familia y él son tan buenos, y son todos católicos ¿cómo esas personas tan gentiles y maravillosas están equivocadas?
Damián saltó desde la oscuridad, gruñendo.
—Son traicioneros, fingen, pobres corderos sin alma.
Ceñuda, le escupí la pata. Mi Luciano no era eso. Y su familia tampoco.
—Me siento más feliz en la presencia de esas personas que con ustedes.
Los dos perros me miraron. Ambos con odio.
— ¿Qué hacen? ¿Contradicen a su reina? No olviden, que yo, soy…
Damián se me abalanzó. Me mordió con fuerza una mano. Desperté a los gritos, mareada y aterrada. No pude volver a dormir. Estaba nerviosa. A alguien debía contárselo. Se lo dije a él. Ya no podía ocultarlo. Esas sombras me atacaban. Para sorpresa mía, Luciano se mostró tranquilo, como si ya lo supiera. Con voz grave, me dijo:
—Eres tú la que decide eso, si ellos te atacan o no. Tú los dejaste entrar, ahora debes expulsarlos. A mi también me hacían los mismo. Sombras malditas. Me hacían creer que era su amigo “¿Vamos a jugar?” Rostros del Inframundo, bestias inhumanas. Llevaron a mi familia a la ruina. Y yo, frágil, como tú ahora, no podía contra ellos. Querían hacerme lo mismo que a ti: convencerme para llevarlo a Satanás a la gloria. Pero yo jamás acaté su pedido. “¿Con que no quieres jugar? Ahora verás”
“Las estatuas hablaban, se movían. Sombras que no me dejaban en paz. Voces que me amenazaban, que me enloquecían. Cualquier lugar era una pesadilla. Nada era seguro. Podría haber muerto o enloquecido. Todo comenzó una noche: la puerta se abrió de repente, sonido de tacos, se me acercó y con ese demoníaco rostro, me miró… y me tocó. Allí las sombras me tomaron, me abalanzaron, me torturaron… Era su presa. Su maldita presa.
“Fui fortaleciéndome, mediante rezos. Hasta que un día, se metieron con mi familia. Atacaron a mi padre. “¿Tu papi también quiere jugar?” Eso fue el ultimátum. A mí podían hacerme lo que quisieran, pero a mi familia no. Y, por un rayo de iluminación divina, lo vi: era un bicho sin alma, pequeño y torpe, el que me atacaba. Y me burlé de él, de su debilidad. Yo era el fuerte. Lo enfrenté y huyó despavorido.
Me tomó una mano. Cálido, hermoso, con esos ojos negros tan brillantes.
—Tú también puedes ser como yo… si no los enfrentas, te arrastrarán al mismo Infierno. Por favor, no los dejes…—unas lágrimas de plata le corrieron por las mejillas. Entonces vi en su mirada, esa paz, ese amor divino… pero…
—Ellos me habían prometido hacerles daño a quienes odio.
—Mentiras. La justicia de Dios es más poderosa. Dime, ¿tus enemigos han caído?—antes de que le respondiera, me sacó las palabras de la boca— Claro que no. Por que harán lo contrario. Los harán más fuertes, para debilitarte y arrastrarte.
—Mi Dios eres tú, sólo tú.
— ¡No, no lo soy!—suavizando el tono, me sonrió—Digamos que soy un ángel de carne y hueso.
Lo abracé. Lloramos juntos. Me encanta llorar con él. Siento que es el único que me promueve sentimientos. No puedo llorar con nadie más. A veces le fastidia, dice que es negativo, pero… no, es poéticamente hermoso. Me hace sentir viva. Luciano me da vida. Y no importa lo que diga, en sus ojos de aguas negras y profundas, veo lo que llaman DIOS.
Ya no quería ser Reina, ni Ama, ni nada de eso. Esa noche, los aclamé nuevamente. Gabriel y Damián. Solícitos, aparecieron.
—Ya no los quiero en mi vida. Están expulsados.
Silencio. El más oscuro silencio. Mi valor estaba por decaer, pero pensé en Luciano y tomé fuerzas. Agravé el tono, enfadada.
—Ustedes fueron los traidores. Sólo soy un alma que desean dársela como aperitivo a lo que llaman “príncipe”, esa burda copia de un ángel. Y yo, soy más fuerte que todo eso.
Damián fue el primero en gruñir y querer atacarme… pero Gabriel lo detuvo.
—Nuestra Orquídea no nos puede abandonar. ¡No puedes, sin ti, moriré, no me dejes!—se cayó de bruces a mis pies. Entonces lo vi: una criatura pequeña, burda, estúpida.
Le di una patada y reí.
—Lo que no se dieron cuenta es que, aunque yo los dejé entrar, también les impuse poder. Y a pesar de sus mentiras, en este mundo, soy su reina.
Las llamaradas de fuego emergieron del suelo. Un fuego fatuo y arremolinado. Podía hacer lo que quisiera, con mi imaginación. Las bestias más oscuras salieron en mi ayuda: ogros sin ojos, serpientes venenosas, arañas peludas y gigantescas… eran mías. Los perros lucharon como pudieron, sacando las garras y sus enormes dientes… pero era imposible. Había demasiados. En la cima de mi mundo, hice salir un caballo inmenso y negruzco detrás de mi espalda. Con un relincho mortuorio, los lanzó fuera de una patada.
A la mañana siguiente, desperté como nueva. Ya nunca volví a ver a mis lobitos. Pero descubrí algo más curioso… Ellos me habían dado el poder para contactar con el Mal. Soy como un foco negativo para ellos. Al principio me sonaba horrible, pero ahora… le he sacado provecho. Llamo a esos seres del Infierno, les hago creer que soy débil, y entonces… los atacó con toda la luz que inunda mi alma…
Porque desde ese día que vi a Dios en los ojos de mi Luciano, desde ese día… le vendí mi alma a él… pero mi corazón, siempre será de las Tinieblas.
Y cazar demonios es nuestro hobbie favorito.
Por eso, Daimon no es hombre, ni mujer, no es bueno, ni malo… Daimon es las manos negras que escriben tinieblas para llamarlas, y entonces, destruirlas.

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